la historia de mikhaila

Suráfrica antaño fue un país dividido racialmente. Actualmente se ha convertido en un modelo de reconciliación y crecimiento. La gran esperanza de desarrollo que brotó en todo el país tras la caída del apartheid ha dado paso a las duras realidades de pobreza que todavía persisten allí. La expansión del Sida en los últimos años presenta una nueva serie de problemas.

 

Mikhaila no es ajena a esos retos. Ella está orgullosa de su fe y no tiene ningún reparo en confesarse cristiana. Y está preparada para ocupar su lugar junto a millones de surafricanos que quieren hacer de su país un lugar mejor para todos.

 

Me llamo Mikhaila. Tengo trece años. Soy una chica cristiana de Ciudad del Cabo, Suráfrica, y estudio en el colegio marista Saint Joseph. Hasta hace poco he llevado una vida muy protegida. He crecido rodeada del cariño de una familia, me enseñaron los valores cristianos desde que nací, y por ello doy gracias al Señor cada día. Pero a mis años es peligroso pensar que el mundo en general es así. Al contrario, es muy difícil permanecer fiel a lo que te han enseñado, y ser leal a ti misma y a Dios. Vivo en un país que ostenta una de las mayores tasas de Sida, estadísticas de violación que asustan, abuso de las drogas y crimen, así que no me va a resultar fácil elevarme sobre esas miserias y convertirme en una mujer feliz y con éxito. Todos tienen problemas parecidos; es difícil para cualquier niño crecer y seguir adelante, pero se puede conseguir. Son muchos los jóvenes que luchan para caminar por la vida, venciendo las presiones que los amigos, la sociedad y la familia ejercen sobre ellos. Pero lo más importante que Dios me ha mostrado una y otra vez es que con su ayuda se puede lograr lo que sea. Por eso creo que hay esperanza para el mundo. Yo miro a mi propio país y me siento orgullosa del progreso que los sudafricanos han hecho como pueblo. Hemos tenido un pasado muy oscuro, pero había muchísima gente apasionada por la libertad y, con Dios a su lado, consiguieron sacarnos del agujero. Ahora Sudáfrica crece más fuerte y mejor. Cualquiera puede cambiar el mundo. Todos los días tenemos la oportunidad de acercarnos a otros, cambiar la vida de alguien, hacer del mundo un lugar mejor en muchos aspectos. Basta un leve gesto de amabilidad para que el mundo se haga más luminoso para alguno. El mundo está lleno de gente que busca cariño y guía por todas partes, por eso nuestro deber de cristianos es hablar a todos del amor incondicional de nuestro Señor Jesucristo, y rezar por ellos, los perdidos, los que sufren del abuso, los hambrientos, los abandonados... por todos.

¡No olvides nunca cuánto te ama Jesús!

 

Mikhaila, 13 años